miércoles, 13 de julio de 2016

Amor, fe y la persona.



El amor, y la “fe” son los elementos que le dan forma al “ser” de la persona. Pero es la particular visión de la persona lo que le da sentido a estos elementos. Sin embargo, existe un pensamiento peligroso, el relativismo, que hace de la experiencia de la vida una simple opinión, y a su vez, de ésta, una verdad individual que si bien, no nos permite refutarla por el libre albedrío, si nos obliga a respetarla.

Filósofos como Oswald Spengler exponen que: Toda cultura tiene su propio criterio, en el cual comienza y termina su validez. Por lo cual, no existe moral universal de ninguna naturaleza.

De la cita de Spengler podemos rescatar la fuerte convicción de que es realmente imposible dejar de lado la subjetividad en la adquisición de la verdad y de la concepción del mundo. No obstante, y al no estar de acuerdo, incluyo a la ecuación el papel de la universidad como un determinante para el ensanchamiento de la razón y el presto para el diálogo y la argumentación de ideas en contra del relativismo y todo lo que esta corriente nos ofrece, dado que la universidad tiene por su mero concepto, la apertura de un sinfín de propuestas y de posibilidades basadas en lo que puede ser demostrable y en aquellas que no: la especulación y la proposición de ideas y teorías que permite serle debatidas.

Ahora bien, no podemos olvidar que el móvil del ser humano es su voluntad, y su fin, la felicidad absoluta, y ve en el amor, con sus diferentes matices y contrastes, el camino más certero para llegar a ello; pero es la universidad, nuevamente, con la experiencia lo que permite una interpretación del sentimiento. Y el amor y la fe no son muy diferentes uno de otro, puesto que el amor no es ni una irracionalidad ni una filosofía de la debilidad.
Por el contrario, sabiéndolo llevar con inteligencia emocional, se vuelve el motor de impulso del individuo.
Ciertamente, otorgamos un papel relevante al sentimiento, pero esto no es sinónimo de irracionalidad, es sinónimo que decisión, discernimiento y  de que se ha combatido el sentimiento del amor con la razón, y de esta lucha se ha llegado al entendimiento. Algo similar ocurre con la fe. Para creer en algo debemos superar barreras de lo absurdo para consolidar seguridad y posteriormente una certeza.

Finalmente, podemos decir que la persona es aquel poder siempre misterioso más allá de lo realizado, y que no existe más que realizándose, encarnándose, creándose, y que es un espíritu libre siempre en busca de la verdad, a veces estancado en su búsqueda en diferentes corrientes, pero al fin y al cabo, libre. Libre para volver buscarla y hallarla, y con ella a él. Espíritu no es en modo alguno un ser denominado desde el exterior, un mundo inteligible extrínseco a él; sino un ser que él mismo se regula en su relación con los otros espíritus y con el Espíritu absoluto, que se crea recreándose en las ideas y en los valores, estableciendo aquello que se designa en ocasiones como actos-reglas, que en ocasiones, estos actos-reglas son presas del relativismo. Y el amor, que no es más que el espíritu en su cumbre, es decir, más allá de todas las facultades o funciones, la indivisión misma del espíritu, es la fuerza que empuja al ser humano para realizarse. En lugar de querer reemplazar a todo el resto, es el motor. Amar más que identificarse en una fusión, es situar a cada ser, situarse a uno mismo en su lugar. Lejos de eliminar el conocimiento, el amor lo llama; lejos de debilitar a los sentimientos referentes a lo doméstico y a lo patriótico, hace de ellos una religión natural; lejos de dividirlos, los completa.


Expone;

Zuleyma Vásquez.


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